sábado, 26 de noviembre de 2011
LA CIUDAD Y EL ARTE ABSTRACTO
¿Qué ha cambiado? ¿La ciudad o la manera en que miramos? Ambas
cosas, responde el autor de este ensayo. En el contexto de la urbe
fragmentada e impulsada por sus propias fuerzas erráticas, son los
edificios los que cargan de magnetismo a la ciudad. Si hasta hace
poco la expresión de los edificios en la ciudad se restringía a la
fachada, hoy se agrega la composición de sus volúmenes en el
espacio, más allá de la necesaria respuesta al encargo y la funcionalidad.
La arquitectura irrumpe así en la esfera creativa que antes era
propia de los “artistas”. Sorprendido de las herramientas puestas en
sus manos, el arquitecto enfrenta el reto de explorar sus posibilidades.
La ciudad de Bilbao, otrora industrial, sobria y algo gris, aceptó
el desafío, y un inmenso animal extraño —la sede del museo Guggenheim—
recaló junto a la ría. Como resultado de esta instalación
sorprendente, Bilbao es otra. La ciudad contemporánea es un campo
abierto, afirma el autor, a la espera de que artistas la inoculen de
magia, de abstracción, a lo Guery, de que los edificios se conviertan
en esculturas y los espacios en pinturas.
La ciudad contemporánea: un espacio abstracto
la ciudad, cada vez más se convierte en un fenómeno de abstracción
sorprendente. En otras palabras, lo que entendíamos por ciudad se
desvaloriza y se convierte en algo más complejo y difícil de codificar. Es
ciudad porque en ella se habita, pero se intuye que es “otra”. Es otra
porque se habita de una manera diferente, ya sea porque hemos cambiado y
también porque ella responde a nuestros cambios con su propia identidad.
Nuestra natural ansiedad es impulsiva, es búsqueda, voluntad de
descubrimiento. El artista no sabe qué va a encontrar y anda en búsqueda
de descubrir, abre espacios, puede racionalizar la búsqueda pero no sabe
bien qué lo va a sorprender. Puede intuir en su trabajo que va en una
dirección, pero siempre lo que descubre será una sorpresa. A lo más sabrá
dónde detenerse a contemplar lo sorprendente y con ello habrá dado un
paso adelante. Pero en la desvaloración del objeto conocido habrá apenas
avanzado en la necesidad de sorprenderse. En esta lucha que será eterna no
hay pausa. Nada es inmutable. El arte se construye desde nuestra codicia
de saber. La tesis es que la ciudad como composición de múltiples identidades
aisladas ahora se suma a esta vorágine y con ello irrumpe en el
campo creativo formal del arte.
El vértigo del actual modo de vida basado en la movilidad impregna
a la ciudad de múltiples expectativas. Millones de seres intercambiando
necesidades, intentando ampliar sus recursos, cambiaron lo que hasta mediados
del siglo XIX históricamente había sido un lugar de permanencia.
Este proceso cada vez más acelerado hace que los habitantes ya no piensen
en términos de sobremesa, sino de excitación y vértigo existencial. La
movilidad que ha fragmentado las rígidas estructuras sociales y religiosas,
deja al descampado a la sociedad y en este contexto inquieto, a todas luces
en expansión, la expresividad es el resultado de la urgencia de dar con una
identidad. El hombre, desde siempre reflejado en sus obras, presiona en
busca de esa identidad y la ciudad recoge la impaciencia colectiva en la
expresión de sus edificios y espacios. Cada edificio una voluntad y con una
responsabilidad estética. Llegar a este punto es el resultado de múltiples
factores, la mayoría de ellos no planificados, como ocurre con la mayoría
de los impulsos de la ciudad contemporánea, pero básicamente se puede
resumir que el automóvil con su nueva escala da origen a un nuevo orden
urbano y con ello a la nueva ciudad. Como resultado de ello los edificios
hoy día se han liberado de la cerrada grilla urbana que hasta hace pocas
décadas restringía su expresión en la ciudad sólo a la fachada. Esto conlleva un grado mayor de responsabilidad y ahora agrega a la necesaria funcionalidad,
explícitamente, el factor volumétrico. Los antecesores del automóvil,
como el tranvía, ya estaban anunciando el cambio feroz que tendría
sobre la ciudad y sobre las artes, en gran medida todas tocadas por el
nuevo fenómeno de la dinámica del desplazamiento.
La actual liberación volumétrica de los edificios es el resultado de
la vía de alta velocidad que ha terminado por ser aceptada, al menos conceptualmente
e introducida en las metrópolis en la medida de sus estructuras.
Otro factor de libertad viene dado por el diseño mediante el ordenador.
Aquellas construcciones que hasta treinta años atrás sólo los arquitectos
más capacitados eran capaces de imaginar, ahora el computador las
pone a la vista en un despliegue de múltiples alternativas formales. En este
contexto de búsqueda la Exposición Mundial de Bruselas en 1958 se convirtió
en un hito histórico, una especie de síntesis de lo que las artes
plásticas y la arquitectura habían logrado desarrollar, pero, sobre todo, lo
que podría llegar a proponer. No existían los programas de diseño mediante
ordenador entonces y tanto el Pabellón Phillips diseñado por Le Corbusier
como el francés diseñado por Gillette, maravillaban por su libertad y
capacidad de romper la línea recta que recién hacía cuarenta años había
impuesto el Bauhaus. La arquitectura de esos edificios definitivamente
señalaba una composición audaz, un campo que de la mano de la tecnología
podía explorar y que en aquel momento no era aún una realidad evidente.
De alguna manera aquellos edificios de la Exposición de Bruselas eran
experimentales, una muestra de una futura conducta.
Hoy, 2004, la arquitectura, al igual que las artes plásticas, va y
viene en búsquedas formales y no sería raro que en poco tiempo se vuelva
a la pureza abstracta del Bauhaus; sin embargo en cuanto a las posibilidades
de despliegue formal que otorga el ordenador, aún se está en los albores
de su capacidad y en un mundo que busca sorprenderse todavía más.
La arquitectura es de las actividades creativas que han podido de
verdad desarrollarse en estas últimas décadas, y para sintetizar esta introducción
se puede afirmar que ha descubierto la abstracción formal. Lo que
antes siempre estuvo en manos de los pintores y escultores, la libertad para
explorar sobre las telas y mesas de escultura, como un ejercicio que no
conlleva más que un deber ser estético —un juego de abstracción—, ahora
lentamente la arquitectura siente la responsabilidad de componer sus volúmenes
en el espacio aún más allá de su necesaria respuesta al encargo y su
funcionalidad.
Los arquitectos sienten el peso de esta novedad y sorprendidos de
las herramientas puestas en sus manos exploran sus posibilidades. El campo
antes propio de los “artistas”, escultores, pintores, se ha ampliado a la
arquitectura, y sospecho que ello conlleva un cambio monumental en el
arte contemporáneo.
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